viernes, 13 de diciembre de 2013

Re-Creación



La casa olía a ella, cada prenda de vestir, las sábanas, las toallas, la taza en la que bebía y el cojín al que se agarraba cuando se tumbaba en el sofá. Su alma vagaba por las habitaciones y podía sentir como me abrazaba por la espalda al meterme en la cama. Por la mañana me despertaban sus besos gélidos y de tanto en tanto abría sus perfumes y dejaba que su aroma inundase el apartamento. Cada vez que abría la puerta del armario, las perchas con sus blusas y sus jerséis de punto colgaban espectrales en un orden cromático que parecía cambiar con las estaciones. 

Los pocos amigos que venían a visitarme no pasaban del vestíbulo. Quería conservar aquél espacio sin contaminar. Santuario de una vida mejor.

Me aficioné a los sábados tranquilos y a las lecturas de siglos pasados. Recuperé mi vieja colección de vinilos y los hacía sonar para dar ritmo a un corazón que de tanto en tanto parecía pararse. El sol se convirtió en mi peor enemigo, actuaba como una inoportuna luz que velaba mis recuerdos y procuré alejarlo de aquellas imágenes que no quería olvidar. Los días que no trabajaba, me sentaba en un sillón gris y cerraba los ojos, repasando conversaciones triviales y moviendo las manos tal y como ella lo hizo, acompasando aquellas palabras suyas. Tan dulces, tan verdaderas.

Los años pasaron y no supe acostumbrarme a la soledad, maldita compañía, que acabó siendo mi única amiga. Amante cruel que enfriaba mis sábanas antes de acostarme y que no respondía a mis preguntas de media tarde. Soledad, maldita compañía, la tuya.

Mi obsesión pasó a ser recrear una vida que jamás había llegado a ser del todo real. Terminó demasiado pronto y estando aun a tiempo de corregirla, preferí hacerme a ese estado de perenne hibernación con la misma resignación con la que uno asume la puesta de sol.