viernes, 3 de agosto de 2012

Días de diario

Suena el despertador, oyes su melodía en la lejanía. La cabeza y el cuerpo pesan, el despertador cada segundo que pasa es más ruidoso. Otro día igual. Te sientas sobre la cama y tus pies rozan las baldosas frías.Buscas a ciegas esas zapatillas que te compró tu madre en un mercadillo hace dos años. Decides levantarte, el tiempo corre en tu contra. Intentas pensar pero las neuronas aún siguen soñando. ¿En qué estabas soñando? Qué más da, ahora lo único que te preocupa es el tiempo. El tiempo que te aprieta y ahoga todas las mañanas. ¡Qué bien se duerme bajo un buen edredón! Te diriges a la cocina sorteando las esquinas del pasillo sin necesidad de encender la luz, siempre es el mismo recorrido, la misma rutina. Listo, cafetera italiana en mano y cargada con un buen café de origen keniano. Tú favorito, con cuerpo e intenso. Las agujas del reloj siguen recorriendo minutos, lentamente y con su parsimonia rutinaria. Con la calma del reloj tú ritmo se acelera. Camisa, falda de corte clásico de las rebajas del año pasado y zapatos que te regalaste en navidades. ¡El café! Una buena taza con leche fría y una cucharada de azúcar. No quieres perder el capricho cítrico del café. Lo dejas sobre la mesa, al lado del maletín. Junto a la ventana. Levantas la mirada y ves el despertar del nuevo día, tan gris como tú. Desde tu ventana ves diminutos coches decididos llegar a su destino, perfectamente sincronizados marcados por el ritmo de los semáforos. Pequeños puntos negros recorriendo los laterales de la calle, sin prisa pero sin pausa. Suena la última alarma., es momento de salir por la puerta. ¡Último repaso! Todo en orden. Ya puede empezar tu nuevo día.

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