lunes, 12 de marzo de 2012

La revolución

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allí y la mesa en el medio.
Hasta que esto me aburrió. Entonces puse la cama allí y el armario aquí.
Durante un tiempo la novedad me animó. Pero el aburrimiento acabó volviendo.
Llegué a la conclusión que el origen del aburrimiento era la mesa, o, más bien dicho, su situación central e inmutable.
Entonces trasladé la mesa allí y la cama al medio. El resultado fue ser inconformista.
La novedad me volvió a animar, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Ya que sucedió que no podía dormir con la cabeza girada a la pared, posición que siempre había sido mi preferida.
Pero al cabo de un cierto tiempo la novedad dejó de ser-lo y sólo me quedó la incomodidad. De manera que puse la cama aquí y el armario en el medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en el medio de la habitación es más inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de un cierto tiempo…Ah, si no fuese por este "un cierto tiempo". Por ser breve, el armario en el medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.
Hacía falta llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces se tienen que traspasar los límites. Cuando el inconformismo no tiene suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, se tiene que hacer una revolución.
Decidí dormir dentro del armario. Cualquiera que haya intentado dormir dentro de un armario, de pie, sabe que tanta incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de los pies hinchados y de la columna dolorida.
Sí, esta era la solución correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez “un cierto tiempo” también se mostró impotente. Al cabo de un cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio – es decir, el cambio continuaba siendo un cambio –, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de este cambio, ya que el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De manera que todo habría ido de primera si no hubiese sido por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no pude más. Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de una tirada. Después puse el armario al lado de la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está otra vez aquí, el armario allí y la mesa en el medio. Y cuando el aburrimiento me asquea demasiado, recuerdo los días en que fui un revolucionario.

La Revolución,
Slawomir Mrozek.

Doy gracias por conseguir que este cuento llegue a mis manos.


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