jueves, 3 de noviembre de 2011

No es un sofá, es una otomana.





¿Dolor? ¿quién ha dicho eso?


Enarca una ceja y luego suspira con desdén; inclina la cabeza, cruza las piernas, sacúdete la americana como limpiando la suciedad de un camino polvoriento.

Ajústate el zapato izquierdo con la punta del derecho, y el derecho con la punta del izquierdo; luego sonríe sardónicamente y finge que no sientes los tacones, que, para ti, son como un continuo masaje Shiatsu directo al orgullo -justo entre la vanidad y la soberbia-.

Levanta esas solapas de doble forro y lanza, afanosa, la colilla manchada de rouge, como quien se despoja de sus lacras, tan inmorales y reprimidas, ellas.

Léeme algo de Tolstói, y llévame de travesía por tu cocina. Susúrrame, desde la otra punta del sofá, que conoces el secreto de la vida y acércate despacio, para acabar a mi lado y así yo darme cuenta de que no es un sofá corriente, de que es una otomana.

Deja que la correa del reloj baile holgada sobre los carpianos y olvida mirar la hora. Sonríele a la vida y sorpréndete a ti misma en un convoy camino la-demencia...






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