jueves, 27 de octubre de 2011

Breve himno de invierno, by Elisa Carnicer


“- Agárrame fuerte que no quiero caerme.
-  Si estamos sentados Ana...”




Pero unos minutos después comprendí sus palabras.

La hierba aún estaba húmeda de la noche anterior. Sus zapatos olían a barro seco y cada vez tenía las manos más frías. Pero detrás de los hilos de su bufanda se escondía una sonrisa rosada, una pequeña pincelada de una alegría profunda y absoluta, como una bomba atómica insonorizada. No podía parar de observarla mientras Ana tenía la mirada puesta en un punto fijo: el vaivén de los círculos que dejaban las gotas de agua cuando caía alguna hoja del árbol. Y no existe lírica suficiente para describir esa conexión mental que parecían establecer los ojos de Ana con el oleaje de la piscina. La abracé más fuerte. Los hilos de luz, como rastros de aviones, se inmiscuían en sus cabellos y hacían piruetas provocando que su rostro brillara más que cualquier elemento del paisaje.

Y entonces llegó la lágrima. Una partícula de H2O y otros aditivos cuyo significado fui incapaz de descifrar. Quería preguntarle, “¿por qué lloras, Ana?”, “¿qué te ocurre?”, pero todo sonaba demasiado melodramático. Pero en ese preciso momento de duda me miró, sonrió y volvió a desviar su mirada, esta vez, hacia el valle. Observé junto con ella como el Sol nos despedía. Entendí que Ana no quería moverse de allí. Ni dejar la hierba húmeda que ensuciaba nuestras chaquetas, ni el color de los troncos de los árboles, ni el ruido lejano de los coches viejos al pasar por las carreteras de montaña ni tampoco el olor de la luz. No quería abandonar este atardecer taciturno que nos mecía como dos recién nacidos que no conocen la ciudad salvaje que les espera tras el cristal de la ventana. Porque nosotros éramos ahora los salvajes que aullábamos al mundo desde las colinas.

Ana seguía eclipsada. Le temblaban incluso los dedos de los pies. Lancé un trozo de rama a la piscina y el pequeño tsunami provocó que Ana despertara. Acompañé su rostro con mi mano y lo observé con detenimiento, casi como si se tratara de un análisis exhaustivo de todas sus particularidades. Reseguí el dibujo que formaban sus cinco pecas estratégicamente ubicadas en las mejillas y aparté el cabello de sus oídos para que pudiera escucharme bien.

“- Te prometo que no te vas a caer, Ana”






By Elisa Carnicer
...Gràcies Eli

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