domingo, 11 de septiembre de 2011

Desayuno continental.





Mientes. Te gusta creer que le quieres y te quiere. Hacéis el amor y al terminar ninguno se viste deprisa. Los móviles, desconectados, dormitan sobre el tocador;  y la cama, libre de ropa, huele a Jean Paul Gaultier, hace semanas que dejaste de maquillarte los labios, y lo compensas con doble capa de rímel. Los pendientes, perdidos en alguna parte entre el ascensor y la 509; los cigarrillos apagados flotan en una cubitera de plata. Su camisa de sastre británico cuelga del respaldo de un “chaise longue” y las cortinas se orean asomadas entre los barrotes de un balcón rococó. Fingís que no hay prisa, que no hay llamadas perdidas de maridos ausentes ni mujeres celosas, que habéis cenado en una “trattoria” antes del Don Pérignon, fingís que ni él mañana tiene reunión a las ocho, ni tú que coger un vuelo a las diez.

No hay reservas, ni pagos con tarjeta de crédito. Todo se hace al momento y en efectivo, improvisando una canción Bepop de la que nadie conoce la partitura. No hay besos de despedida ni caricias tiernas, sólo conversaciones vacías y una esporádica intimidad que parece desaparecer con la ducha y el servicio de habitaciones a las siete. Desayuno continental y vuelta a empezar. Tú por el ascensor norte y taxi al aeropuerto, él por las escaleras.

...Y fingirás no recordarle.



1 comentario:

  1. Cada vez me gusta más... muy buena música, y retazos de una escritura que apunta a las estrellas, sin alejarse demasiado para poderla contemplar...

    Unamuno

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