sábado, 24 de septiembre de 2011

Bang bang.





Sonreírle a la vida con una copa de Cointreau en la mano, y escuchar a Clapton muy de fondo, sentir que el futuro lejano está al caer y que el mañana hace tiempo que quedó atrás. Sin perspectivas de nada, con ganas de todo. Sueñas, y soñando vas de un ático en Barcelona a un antro sin nombre de algún distrito de la Ciudad Desnuda, calzas tacones de Blahnik y matarías por aquella cazadora de Balmain que le viste a alguna cantante rubia.

En el suelo, una alfombra de colillas, y las paredes, estucadas de puños comunistas y estrellas sospechosamente torcidas. Tienes ganas de llorar pero te reprimes porque sabes que el mentón tembloroso te resta ese atractivo tan del este.

Cierras los ojos, esperando no volver a abrirlos, pero al hacerlo te sientes lejos y te asusta no saber encontrar el camino. Rebuscas entre córtexes, ventrículos y tálamos, ese famoso túnel retroiluminado y reparas en un silencio nuevo. La música ha parado y el local está vacío. No hay copas en la barra ni palos sobre el billar. Y ese tipo con cazadora de mangas recortadas y cadenas tintineantes no parece ser el telonero de San Pablo. El humo del ambiente sabe a whisky y los cacahuetes salados se apelmazan en ceniceros reciclados en cuencos para snacks.

Quisieras aparecer desnuda y descalza en tu cama, sin maquillaje, sin perfume. Sin conciencia. Las cortinas echadas y el ventilador en marcha, chirría cuando gira hacia la izquierda, pero no importa porque no lo escuchas. A la mañana siguiente no habrán llamadas telefónicas ni mails por responder. Eso ya te quedará muy lejos.


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