viernes, 19 de agosto de 2011

Existencialismos de última hora




Te sorprendes a ti mismo mirándote al espejo y tratando de dar con una pista que te permita predecir tu edad. Te acercas un poco más, hasta que la camiseta de algodón blanca se pringa de agua y pasta de dientes al rozar contra el mármol mohoso del baño. 


El grifo se mantiene abierto, dejando que el agua vaya cayendo sin mesura, olvidando las sequías en el sur y los incendios de Cartagena, y la pastilla, jabonosa y recubierta de una espuma violácea, te recuerda cuando volvías del colegio con los calcetines empapados de lluvia y te metían en la bañera mientras sorbías un ColaCao caliente y lleno de grumos insolubles que recogías en tropel con la cucharilla para masticarlos de golpe. Sonríes, porque ya habías olvidado lo mucho que te gustaba el chocolate, y te miras de nuevo en el espejo picado, decorado con unas espigas glaseadas a cada lado del óvalo, delatando su origen sesentero y burgués. 


Ahora vas más allá de esa nariz algo torcida; del lunar sobre el labio que tus amantes te han dicho que tiene la forma de algún estado Americano, nunca el mismo; tampoco te fijas en las cejas, que siempre te han parecido tu rasgo más elegante, tan afiladas y simétricas; ni en ese par de iris de distinto color. 


Miras más adentro, navegando entre conexiones nerviosas atrofiadas y lentas que necesitan rescatar viejos espamos para mover unos músculos que lejos de sonreír caen en risa sardónica, has olvidado la alegría y dentro ha quedado el vacío. 


Ya ha dejado de importar la dieta mediterránea y la trilogía inacabada de Ken Follet, ya no te apetece hacer cola para un concierto de Rock, ni comprar camisetas con mensaje, no sigues ni Lost ni House, ni tampoco te gusta ya más el fútbol, así que adiós a las conversaciones informales con amigos informales. Y de las formales, nunca he sido muy amiga, no sé cuál es la diferencia entre Tolstói y Reclus, ni si el crimen de A Sangre Fría fue real o un aliño de Capote, no distingo mormones de testigos de Jehová, por mucho que me digan lo de la camisa blanca y la corbata gris, ni tampoco entenderé para qué quieres una pantalla de cine si al final tienes que leer los diálogos porque nunca se te ha dado bien el checo. 


Cierro el grifo y me seco los brazos, quizá vuelva a intentarlo más tarde, pero ahora me apetece un ColaCao.







imágenes de Jacques Henri Lartigue:

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