sábado, 27 de agosto de 2011

Bye bye my little world



La lectura era amena, pero el calor, insufrible, se pegaba sobre la piel, acecinaba las páginas, secaba los párpados, ungía la espalda, apoyada en la lona de la hamaca, ajaba la tierra sembrada de vides y olivares y avejentaba los cuerpos. La limonada fría, servida en vasos dispares, se convertía en sudor tan pronto como era sorbida, y los pies descalzos andaban y desandaban de puntillas el mismo camino hacia la balsa, donde, casi sin ropa, mis hermanas y yo tratábamos de refrescarnos, sin demasiado éxito. Nos turnábamos un sombrero trenzado a mano que alguna de nosotras había comprado bien barato. Entretenidas con novelas bien encuadernadas pasábamos las tardes, hasta que se hacía de noche y nos rendíamos, sin oponer resistencia, a un sueño profundo y delicioso con el que compartíamos las horas que quedaban hasta el amanecer. Pasaban días enteros sin más diálogos que la alegría expresada en forma de hilarante risa y todas habíamos olvidado como se abotonaba una camisa o conjugaba el subjuntivo. Nos alimentábamos de fruta y de las tartas que preparábamos sin tener mucha idea de proporciones, tiempos o temperaturas. Llevábamos así casi dos semanas y aun quedaban otras dos hasta que volviesen a recogernos en aquella tartana que mis padres sólo usaban cuando debíamos montar todos. Nadie habría comprado aquella casa mal heredada sin más instalación eléctrica que la bombilla de 70w del salón, sin embrago, ninguna de nosotras la habría vendido tampoco. 




Han pasado muchos años y de vez en cuando escucho la furgoneta de mis padres acercarse, mis hermanas montan en ella y cargamos nuestras maletas repletas de libros nuevos. Ahora sabemos que el Cheesecake no necesita más de 50 minutos a 180 grados, que la limonada sin azucarar refresca más, que antes de bañarte hay que mojarse la nuca y no se nos ha vuelto a olvidar ningún tiempo verbal. Eso sí, ninguna ha rectificado los silencios que duran días y las risas de medianoche, además el sombrero trenzado a mano nos sigue quedando de miedo a las cuatro.


Kilómetro Z



by Montse Campins



El motor suena ahogado, como si una tos perruna fuese a golpearle su faringe de acero. La ventanillas bajadas al máximo y un aire caliente que entra y sale sin dirección fija pero a toda velocidad, y el pelo arriba y abajo, te hace cosquillas en los hombros y te desnuda la nuca y la frente intermitentemente. La radio está en marcha y las emisoras se van enlazando de un estado a otro sin necesidad de cambiar el dial, en Virginia, jazz; por Kentucky, pop comercial sin compasión; Missouri y Kansas algo de soul y publicidad de detergentes y cadenas baratas de ropa; Utha, algo muy country, Nevada, clásica, clásica y más clásica; y California, 80's, top five y algo de Biggies. Hace calor y no me quito de la cabeza la playa nevada que vi una vez en Asturias. Llevar las botas de agua sobre pantalones de pana y una manta abrigándote; pasear, solitaria, por una orilla casi de escarcha y un horizonte turbio y gris, tan atrayente como la carretera monótona e hipnótica que se extiende frente al Torino.

Hace horas que ninguna gasolinera de neones fundidos me entretiene la vista, y el sol, poniéndose, lo vuelve todo un poco rosa; los mapas, doblados, extendidos y vueltos a doblar, se apilan en la guantera, y en el asiento del copiloto, un bolso comprado en algún "marché aux puces" dormita con la cremallera abierta, sin teléfono, ni pastillas para el dolor de cabeza, ni agenda moleskine, ni pintalabios, ni pañuelos usados. Las lágrimas se secan con las mangas, y a falta de ellas, se repasan con la lengua, y se notan tibias y saladas, como sorbos de Margarita. El maletero está vacío, y una caja, llena de libros y cuadernos estucados en tinta, patina de un lado a otro cuando cojo algún desvío o juego a conducir alternando los carriles.

Voy en busca del fin del mundo y lo único que necesito es gasolina para lograrlo y una prosa que me sirva de consuelo por si no lo consigo.






jueves, 25 de agosto de 2011

Five spot after dark

Una noche de verano sudorosa. Te encuentras medio desnuda mirando al techo intentando conciliar el sueño. Morfeo se encuentra ocupado y no te brinda con su presencia. Buscas con impaciencia ese pequeño rincón de tu cama aún sin arder. Desesperada decides coger un libro virgen de la estantería, todavía puedes oler en él los aromas de la librería. Sus primeras líneas son confusas, sin sentido, pero no importa, sigues leyendo. Según avanzas cobra forma por sí misma la historia. Un libro extraño, una narrativa distinta, peculiar. Entre páginas, capítulos, espacios, líneas y cursivas el autor cita una canción. Esa canción, Five spot after dark.

Despídete de Morfeo, esta noche sólo existís Curtis Fuller y tú.


miércoles, 24 de agosto de 2011

tiempo





Un señor con sombrero de ala ancha se pasea de la mano de una señora con vestido de gasa y juntos siguen con la mirada un niño raquítico con boina que corretea entre los charcos con un trozo de pan seco en las manos. Y frente a ellos un edificio del siglo anterior parece sacado de una ópera clásica, y las columnas griegas revestidas de mármol quieren saberse esbeltas.

Y mientras un ciego toca las palmas al ritmo que una armónica oxidada le marca, un perro con alopecia baila sobre dos patas, y el niño raquítico le da el trozo de pan, y el perro lo mordisquea y el ciego ve sin mirar.

Empieza a llover. Hay nubes bajas y los charcos salpican, la calle se vacía y la armónica deja de sonar. Los señores elegantes dejan de darse la mano y sujetan sendos tocados. Corren hacia las pilastras y en un porche se refugian arremolinándose, apretujados, entre otros tantos.

Dentro del edificio, dos pisos más arriba, una señorita, enfundada en un corsé crema, rebusca agitada entre una cajonera francesa, unos documentos sin sellar, para vendérselos a buen precio a un caballero irlandés que se dedica a la buena mala vida. Y mirándola, camuflado entre las hojas de un invernadero tropical, un joven imberbe trata de registrar todo lo que ve para luego contárselo a un marido celosamente precavido. Pero las orquídeas le tapan parte de la estancia y desiste de su vergonzosa hazaña. En la habitación contigua una pareja se besa apasionadamente y en el pasillo una azafata limpia con esmero un cuadro mal enmarcado que nadie sabe que se trata de un Ribera original.

La lluvia se torna tormenta, y la tormenta, granizo. Y los caballos sin resguardar se mueven agitados por los golpes y salen despavoridos hacia ninguna parte. Es viernes en alguna capital europea y deseo que pase rápido, que sea lunes, jueves o martes.

lunes, 22 de agosto de 2011

El jardín de las delicias

Miras y te das cuenta de que la vida ya no es esto,
que ha dejado de ser un parque de recreo,
que no hay niños en ponis rosas,
ni patos, ni fuentes, ni palomas, ni ocas.
Entonces te sorprendes lanzando migas
a un lago muerto y suelo de arcilla.
Las cometas inertes yacen cansadas
en jardines sin pavos reales ni codornices aladas;
y un rey, entre cojo y tuerto, algo viejo y nada casto
camina altivo entre columnas de alabastro;
y un séquito de arlequines y galgos
le escoltan camino del lago.
Cuando llegan al agua clara
llena de nenúfares y ninfas de plata
se sumergen despacio uno a uno
en el inmenso charco puro
y sin atreverse del todo a respirar
esconden sus cabezas bajo la capa terrenal
tratando de hallar allí un lugar
en el que poderse reencontrar
con el oro perdido de un reino,
con la esencia muerta de un imperio.

Días más tarde dieron con ellos:
una jauría de unicornios mirando al cielo,
sus alas plegadas sobre los lomos postradas,
y se dijo que sus rostros plácidos miraban
cómo en la superficie del lago,
un rey y su séquito de arlequines y galgos
cara abajo flotaban, flotaban, flotaban.



El jardín de las delicias, El Bosco



viernes, 19 de agosto de 2011

Existencialismos de última hora




Te sorprendes a ti mismo mirándote al espejo y tratando de dar con una pista que te permita predecir tu edad. Te acercas un poco más, hasta que la camiseta de algodón blanca se pringa de agua y pasta de dientes al rozar contra el mármol mohoso del baño. 


El grifo se mantiene abierto, dejando que el agua vaya cayendo sin mesura, olvidando las sequías en el sur y los incendios de Cartagena, y la pastilla, jabonosa y recubierta de una espuma violácea, te recuerda cuando volvías del colegio con los calcetines empapados de lluvia y te metían en la bañera mientras sorbías un ColaCao caliente y lleno de grumos insolubles que recogías en tropel con la cucharilla para masticarlos de golpe. Sonríes, porque ya habías olvidado lo mucho que te gustaba el chocolate, y te miras de nuevo en el espejo picado, decorado con unas espigas glaseadas a cada lado del óvalo, delatando su origen sesentero y burgués. 


Ahora vas más allá de esa nariz algo torcida; del lunar sobre el labio que tus amantes te han dicho que tiene la forma de algún estado Americano, nunca el mismo; tampoco te fijas en las cejas, que siempre te han parecido tu rasgo más elegante, tan afiladas y simétricas; ni en ese par de iris de distinto color. 


Miras más adentro, navegando entre conexiones nerviosas atrofiadas y lentas que necesitan rescatar viejos espamos para mover unos músculos que lejos de sonreír caen en risa sardónica, has olvidado la alegría y dentro ha quedado el vacío. 


Ya ha dejado de importar la dieta mediterránea y la trilogía inacabada de Ken Follet, ya no te apetece hacer cola para un concierto de Rock, ni comprar camisetas con mensaje, no sigues ni Lost ni House, ni tampoco te gusta ya más el fútbol, así que adiós a las conversaciones informales con amigos informales. Y de las formales, nunca he sido muy amiga, no sé cuál es la diferencia entre Tolstói y Reclus, ni si el crimen de A Sangre Fría fue real o un aliño de Capote, no distingo mormones de testigos de Jehová, por mucho que me digan lo de la camisa blanca y la corbata gris, ni tampoco entenderé para qué quieres una pantalla de cine si al final tienes que leer los diálogos porque nunca se te ha dado bien el checo. 


Cierro el grifo y me seco los brazos, quizá vuelva a intentarlo más tarde, pero ahora me apetece un ColaCao.







imágenes de Jacques Henri Lartigue:

Gainsbourg





viernes, 12 de agosto de 2011

Miradas con textura



Si cierras los ojos te puedes perder maravillas como ésta.
Está ahí, simplemente disfruta.



Desnudo después del baño
Joaquin Sorolla


Tristemente...



Tristemente convivo coa túa ausencia
sobrevivo á distancia que nos nega
mentres bordeo a fronteira entre dous mundos
sen decidir cal deles pode darme
a calma que me esixo para amarte
sen sufrir pola túa indiferencia
á miña retirada preventiva
dunha batalla que xa sei perdida
resolto a non entrar xamais en ti
pero non á tortura de evitarte. 


Poesía última de amor e enfermidade (1992-1995)
 Lois Pereiro


Lois Pereiro

 
"Pero qué c*** os voy a contar,
si ésto nos ha pasado a todos..."