sábado, 18 de junio de 2011

Paradoja



Le hincas un puntapié garboso y feroz al mundo y lo lanzas tan lejos que los gritos de ¡gol! no alcanzan a oírse. Te colocas la capucha y las manos aprietan las costuras de los bolsillos, nudillos prietos y comisuras mordidas. Todo parece más tranquilo ahora que no hay "bocata" de media-mañana. Ni atascos de range-rovers a las puertas de colegios caros que recogen a niños de pelo largo que estudian francés y tocan el piano. lundi, mardi, mercredi... y vuelta a empezar.

Maduro, a trozos blando, de hueso informe y tallo raído. Ese soy yo de viernes a jueves. ¿O era de jueves a viernes? No, no. De viernes a jueves. Y por las noches padezco de insomnio, pero durante el día me duerme esperar bajo la marquesina a que llegue el 24. Y me hace gracia que cuando voy sentado junto a la ventanilla, contando las farolas y volviéndome bizco, una señora can cara de llamarse Dolores te diga aquello de "¿y tú que estudias?" mientras mira de reojo la montaña de libros que se escurren sobre los muslos. Para seguir, sin esperar a la respuesta, con algo que empieza "Pues yo a tu edad..." Y sonrío, y me fijo en su lunar y olvido que mañana tengo examen, que no me van a renovar el contrato, que voy el último en las timbas y que soy alérgico a las lentillas.

Pero me evado y me voy a la cima del Kilimanjaro o a pasear por Wall Street vestido de ninja y empiezo a darle patadas a las acciones de Iberdrola, y a las cotizaciones en bolsa de Vodafone y le doy la mano a Obama y le pido el teléfono de su barbero. "Me lo corta mi mujer". "¡Qué lástima!" y mientras entro en clase acalorado por los 144 peldaños y me siento en la silla para zurdos de tercera fila pienso: "Me habría encantado saber tocar el piano"


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